domingo, 25 de mayo de 2008

El artista del siglo 21




En la industria de la música también entra en juego la sociedad de la imagen más industrializada de toda la historia.

Todo, hasta el más milimétrico detalle de la vida de los artistas puede ser conocido. La mirada es incluso capaz de volver al pasado, que queda almacenado en grandes bases de datos y a las que puede acceder todo el mundo, el ejemplo es Internet.

Y es cierto que el arte nunca ha sido disfrutado ni estudiado como algo ajeno a sus autores. De hecho la vida de muchos artistas ha pasado a tener más protagonismo que sus propias obras durante toda la historia de arte. Y eso quizás ocurría porque realmente parecían sacadas de la ficción.

Sin embargo lo que importa aquí realmente para nuestros oídos son los sonidos y todo lo demás es mala literatura. Así que vamos a intentar abrir las tripas de la industria musical para que sepamos ante que nos encontramos, y podamos jugar con ello, sin que nos despiste de la esencia de la música: Que los sonidos nos causen alguna emoción, cualquiera que sea.

La hermosa imperfección en el pasado para investigar y registrar los detalles de la vida de los artistas propiciaba que estos vivieran tranquilos y fueran más o menos sinceros con su vida.

Sin embargo, ahora, da la sensación que ante ese ojo que todo lo ve,  invita a la industria, al artista y a al oyente a participar del engaño de este engranaje.

Por un lado parece que se incita al artista a tener una doble vida: Una que sea suficientemente atractiva y diferente del oyente para que este se fije en ella, y otra su vida real sea cual sea.

Por eso los artistas ya no pueden ser sinceros, porque esta sinceridad ya no interesa. Por ejemplo el que crea a través de la mordida de alguna depresión, exceso o droga, lo hace sabiendo del atractivo del mismo, de que eso vende. Sus excesos, que antes los artistas no deseaban porque fueran atractivas para el oyente, ahora han pasado muchas veces a ser la esencia del artista. Y es que la preocupación de muchos artistas es obtener una etiqueta que les permita vivir sin más mérito que el ser representante de la misma: La mejor banda del mundo, el artista más innovador, el artista más ecléctico, la artista más reivindicativa, el más canalla, el niño bueno…

El mercado, que da para páginas y páginas de análisis, marca el ritmo. El busca estrategias de promoción que son pensadas por mil cabezas analizando nuestras emociones sobre la posible recepción de cada artista, pero dejando a un lado el sonido. Nos bombardean con la imagen de los artistas y con las etiquetas de las que ya hemos hablado para que las asimilemos como propias.

Además el alto volumen de edición musical provoca que todo sea clasificado e introducido en carpetas dejando aislados muchos sonidos que podrían causarnos emoción pero que nos atraen por estar donde están.

Por eso sobre todo están los oyentes. Nosotros los oyentes. A los que por supuesto nos gusta en cierta manera jugar con estas cosas pero que tampoco debemos dejar engañar.

Por eso, qué hacer. ¿Perder todos los sentidos menos el oído para llegar a como sería la mejor forma a escuchar música? Desde luego que no. Por eso lo mejor sea dejarnos llevar más por los sonidos y menos por la imagen de los artistas, para poder escuchar con mayor libertad, jugar luego con la imágenes pero sin que eso nos desvié de que hablamos de algo muy serio para nuestras vidas: la música.

Pie de Foto: Pete Doherty es quizás el mejor ejemplo de artista del siglo XXI. Sus excesos parecen versos de Bukowski y son contados segundo a segundo por los medios de comunicación. Esto le convierte en el artista más excesivo (Etiqueta) de este nuevo siglo a los ojos de muchos. Pero aparte de esto Doherty hace música que juicio de esta redacción es buena por un lado con los desaparecidos The Libertines y ahora con los Babyshambles.

Última canción emocionante: Sedative de su EP The Blinding (Fuente Imagen: EFE)

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